No lo confundáis con la serie por tener un título similar pues no se parecen en nada. Siguiendo con la saga de Dan Brown, esta vez Robert Langdon vuelve a verse metido en otro lío histórico sin comerlo ni beberlo. Si en el Código Da Vinci eran los masones quienes parecían que lo perseguían, en este caso son los Illuminati. ¿Quiénes serán los próximos? ¿Los templarios? A Robert siempre lo pillan durmiendo y de repente una llamada sobrecogedora de un desconocido lo despierta de sus sueños más profundos. El profesor siempre se opone a ayudar a su destinatario pero a medida que le cuentan parte de la historia, su ego de profesor de simbología de la Universidad de Harvard lo delatan, y siempre cede.
En toda la saga lo acompaña una interesante mujer, desconocida para él pero que siempre tiene algo que ver con el asesinato porque en todos los libros de Dan Brown hay varios asesinatos de por medio y casi siempre cometidos por alguna hermandad secreta.
Otro personaje que nos es familiar es el minusválido o desvalido que parece inofensivo a ojos humanos pero que nos inquieta poco a poco a medida que avanza la trama. Ya apareció en el Código Da Vinci bajo el personaje de Leigh Teabing, gran conocedor de la historia de los masones, y de nuevo aparecerá en Ángeles y Demonios bajo el nombre de Maximilian Kohler, director nada menos del CERN (Organización Europea para la Investigación Nuclear). En esta obra notaremos la tensión continua con cada lugar donde se acometerán los asesinatos. El contexto son las dos ciudades más religiosas de Italia: Roma y el Vaticano. Como de la nada, después de siglos sin dar señales de vida y creyendo que se habían extinguido, aparece la hermandad de los Illuminati. Su objetivo es vengar la muerte de sus antepasados por manos de la iglesia católica. ¿Conseguirán dar muerte y venganza por cada sangre illuminati derramada durante siglos? ¿Tiene el Vaticano y el cuerpo papal y cardenalicio tanto poder y seguridad como nos hacen ver? Tendréis que descubrirlo porque hasta el final no encontraréis la respuesta. Dan Brown siempre nos hace un giro inesperado y creo que esa es una de las cosas más importantes y que hacen exquisita su lectura.
« Bienvenido/a a mi cajón desastre, cajón en el cual podrás adentrarte a lugares insospechables »
viernes, 5 de septiembre de 2014
domingo, 31 de agosto de 2014
Adormideras en la montaña (Alice M. Ekert-Rotholz).
Dos historias, una vida truncada y un fatal destino. Creo que este
sería el resumen perfecto para este libro. En primer plano tenemos a Louise
Bonnard, prometida de Erik Ekelund, y heredera del dinero de sus padres
fallecidos y de la cadena de hoteles Bonnard distribuidos por todo el mundo.
Erik, sociólogo encargado de estudiar los enfermos de lepra, con un carácter
bastante atípico y taciturno. Queda menos de un mes para su boda y de pronto
aparece la que en realidad será la protagonista y la que marque cada capítulo
de este libro, Marie Bonnard. Es la prima francesa de Louise. Son totalmente
opuestas, se llevan 10 años y desde pequeña han tenido muchos roces. Ninguna se
soporta pero es lógico que nadie soporte el carácter de Marie. Para Erik no es
su primer encuentro con Marie. La vio en un pasado del que todos desconocen su
historia.
Retrocedemos en el tiempo y aparece Erik junto a su prima Ulrika.
Ambos se enamoran pero Ulrika no es verdaderamente su prima, pues fue adoptada
por su tío. Nunca llegan a nada serio debido al accidente de coche. Ulrika
muere en el acto tras haber fumado unos cigarros de marihuana. Este hecho es
muy importante ya que la que puso estos cigarrillos en su pitillera fue Marie
Bonnard. Buscaba su muerte indirectamente porque Ulrika iba a casarse con el
Conde Tksenki. Este conde conocía a Marie y a su madre desde la adolescencia.
Marie estaba enamorada de él. Sin embargo, cuando aparece en su vida Ulrika, el
conde la deja en un segundo plano y Marie decide drogarla y que parezca que en
el trayecto de la carretera sea Erik el que mata a su prima, al quitarle el
volante de sus manos.
Marie es la clase de persona que todos querríamos tener lejos de
nuestro lado. Es de una belleza notable, rubia, esbelta y de ojos azules.
Físicamente todo parece normal. Tiene bastante dinero debido a que sus padres
también tienen varios hoteles repartidos por el mundo. Llega al hostal de
Louise en Londres y Erik se enamora de Marie. Deja los preparativos de la boda
y olvida a Louise. Pierde por completo la cabeza al ver a esta pequeña belleza
rubia y que es menor que él 10 años. La diferencia de edad, los trastornos
mentales que empieza a sufrir Marie, la falta de cariño de ésta por parte de su
marido, los viajes de Erik a las comunidades de leprosos en China y una serie
de traumas desde la niñez, hacen que pierda por completo la realidad de las
cosas hasta tal punto que llega a inventarse la propia realidad. En China
empieza a fumar opio y es contagiada de lepra. A tiempo es salvada y la
enfermedad no fue a más. Estuvo varios meses en un centro de
deshabitualización. Este centro estaba a cargo del mejor amigo de Erik, Francis
Littelwood. Marie se enamora de este médico ya que es el único que se preocupa
por su enfermedad y se preocupa por ella. Pero su amor no es correspondido. En
este centro conocerá a la enfermera Waterhouse y con la cual le era más amena
su estancia.
Curada de la lepra, Erik decide volver con ella a Londres y luego
a Estocolmo con sus padres. Pero en Londres, Marie se entera de que va a ser
llevada a un sanatorio mental en Zurich. Escapa del hostal y está un tiempo
desaparecida y deambulando entre los distintos hostales de la ciudad. En el
último hostal que estuvo seguía drogándose con opio y heroína que le vendía
otro de los huéspedes. Este huésped era de raza negra y se propuso hasta vivir
con ella. Quedó prendado de su belleza que se iba consumiendo lentamente. Otro
huésped y que estaba casado, pero pasaba su estancia en esa pensión para tomar
su dosis mensual de heroína a escondidas de su mujer, también vio en Marie un
escape de su apagada vida amorosa. Hubo una disputa entre la raza blanca y la
negra. Dos fieras se pelean por los restos de una dama. A la dama poco le
importaba. En su mente sólo existían dos palabras: Erik y Ulrika. Tenía
alucinaciones y hablaba sola. Creía que Ulrika seguía viva y la perseguía para
darle muerte. Otra de sus alucinaciones era que su marido quería matarla porque
ya no la amaba. La pantera quiso matar a la fiera de raza blanca y viceversa.
La fiera de raza blanca tuvo un puñal clavado a su espalda pero consiguió
recuperarse y a su vez recuperó la confianza que había perdido con su mujer. No
contento, la pantera negra mató a la clarividente que residía en el hostal para
que no diera chivatazo. Pobre vidente, si lo hubiera sabido antes no habría
abierto la puerta de su habitación. Justo ese día su compañero iba a tomar el
té como cada Domingo a las 17:00 en punto y se le iba a declarar, después de 5
años tomando el té con ella a la misma hora. Pero su destino no pudo
vislumbrarlo con antelación.
Encuentran a Marie en la trastienda de un local, fumando opio.
Esta vez sí es llevada al sanatorio mental en Zurich. Allí estuvo un año y
medio. Sin recibir cartas de su marido obviamente. Maldito Erick, ella sólo necesitaba
un poco de calor y cariño. Desde su niñez estuvo sola. Sus padres vivían
separados y no se entendía con su madre. Su padre vivía en Bangkok. Un día
llegó a casa y se encontró a su madre con el conde Tsenski en la cama. A partir
de ese momento fue llevada a un internado. Más tarde la llevaron a Londres con
su prima Louise y desde entonces las peleas eran continuas. Empezó a tener una
especie de amigo invisible para paliar su soledad. Su amigo invisible si la
entendía y la hacía reír. En el sanatorio de Zurich tuvo otros amigos
imaginarios a los cuales ella llamaba sus camaradas. Entre estos estaba una
institutriz (recordatorio de la enfermera Waterhouse que tanto la escuchaba en
su estancia en China), dos enanos que servían de criados y el viajero (recordando
al médico Littelwood). Después de un año y medio el médico determinó que estaba
curada y decidió que podía marcharse.
Oscar Ekelund, suegro de Marie, la lleva a Estocolmo. Oscar es la
contraposición a su hijo Erick. Abogado defensor y siempre dispuesto a ayudar a
quienes le solicitaban su ayuda. Vio en Marie a una hija que pedía a gritos ser
escuchada. Pero lamentablemente Marie no estaba del todo curada. Llevaba años
con su enfermedad de manía persecutoria y alucinaciones. A la edad de 29 años decidió
acabar con su vida. Y sinceramente es lo mejor que le pudo ocurrir a la pobre
Marie.
Marie era taciturna, odiosa, envidiosa y celosa. Pero daba pena
porque era un juguete roto. Un juguete que había ido resquebrajándose entre las
distintas manos que la fueron sosteniendo. ¿Quién no ha estado nunca loco de
amor? ¿Quién a veces no ha tenido cierta manía por algo o alguien? ¿Alguien
nunca se ha sentido solo o ha visto como su familia lo ignoraba por completo?
Pues ese alguien fue Marie Bonnard, un juguete roto difícil de olvidar.
sábado, 9 de agosto de 2014
Una mujer llega al pueblo (Mercedes Salisachs).
Voy a ser bastante crítica con este libro porque ha sido
como una agonía leer sus 518 páginas cargadas de desgracias, infelicidad, envidias
y rencores en un pueblo catalán de la década de los 50. Su protagonista
principal, Eulalia, es la más desdichada de todos los personajes que aparecen.
Tras su regreso al pueblo, después de 7 meses sigue siendo maltratada y vejada
por todos sus vecinos. Con el paso de los capítulos se puede ver como el cura
del pueblo se siente culpable de las acusaciones y de los maltratos que recibe
la pobre Eulalia. Su corazón se ablanda y decide recorrer el pueblo entero para
obtener aliados en su defensa. Está embarazada de alguien que todos desconocen
y que ella nunca desvelará. Se llevará su secreto a la tumba. Y es por ello que
fue obligada a irse a la ciudad. No soportaba los insultos diarios, las miradas
y las prohibiciones por parte de su propia familia. Su cuñada es una arpía en
toda regla y su hermano un títere que no es capaz de hablar sin permiso de su
mujer. Eulalia es desprestigiada por todos pues ha perdido su honra al quedarse
embarazada de un desconocido, con el cual ni siquiera pudo casarse porque él ya
estaba casado. Regresa al pueblo creyendo que después de los meses sería bien
recibida y sobre todo, volvió para dar a luz. Pero se equivocaba profundamente.
Eulalia estuvo con aquel hombre por despecho, por olvidarse de su primer amor,
del que nunca pudo sacarse de la cabeza. Su primer amor era José, perteneciente
a la familia rica del pueblo. En ningún momento se menciona el nombre del
pueblo. En este lugar hay comunistas, ganaderos llamados payeses,
infidelidades, hombres lujuriosos y vecinas mezquinas. Vamos, que era toda una
ganga vivir en este pueblo. No me extraña que la pobre Eulalia escapara a la
ciudad, yo habría hecho lo mismo. Todos critican a los primeros turistas que
vienen a las playas del Cap Negre, a sabiendas que son ellos los únicos que dan vida al pueblo durante unos meses y que
gracias a ellos reciben más trabajo y dinero. Las turistas se quejan de los
caballos que se bañan en las playas y por ello se produce una disputa entre la
familia rica de José, el alcalde y el resto del pueblo. Unos defienden que los
caballos no deberían bañarse en las playas y otros, los payeses, están a favor
de que sus animales deben descansar y jugar en esas aguas salinas como hacen
los hijos de la clase pudiente. En el pueblo hay un hotel llamado Tramontana.
Allí se alojan las turistas con dinero que quieren aprender idiomas. Los
pescadores van al hotel y le enseñan el idioma, ellas le pagan y ellos las
engatusan con su labia y su lengua…Las mujeres de los pescadores al principio
se quejaban de que sus maridos pasaban más tiempo fuera de casa que dentro pero
al ver la cantidad de dinero que traían todas estaban contentas. Los maridos
enseñaban ‘’idiomas’’ y sus mujeres ya no tenían que rezar por sus salidas al
bravío mar. Otro de los temas que se trata en este libro son los amorosos como
el de Consuelito, una joven bien entrada en carnes que se enamora del viejo
alcalde. Al final consiguen casarse y su padre acepta su amor pero me da a mí
que siempre tendrá en mente su famosa frase ‘’y pensar que quiera hacer con mi
hija lo que yo hago con mi mujer’’. Joanet, un pescador que siempre estuvo
enamorado de Eulalia pero sin que ella lo supiera, se entera de su regreso por
parte del cura y decide buscarla para ayudarla. Sabe que va a dar a luz en
cualquier momento y tiene que prevenirla antes de que el parto se complique.
Finalmente la encuentra y la lleva a la famosa cueva donde tantas veces Eulalia
y José se besaban en su juventud. Pero ya Eulalia no es lo que era. Está
hambrienta y enferma. Lleva dos días sin comer ni beber y va a dar a luz en
cualquier momento. Aún así pocos quieren ayudarla. Y debido a la falta de ayuda
y los rencores, la pobre Eulalia no aguanta tanto dolor y sufrimiento. Da a luz
a una hermosa niña. Entre sueños recuerda a José, que también ha sido asesinado
por los celos de Joanet, y pronuncia su nombre, lo siente en la mar, en la
brisa. Siempre el amor, siempre José, siempre el pueblo.
viernes, 8 de agosto de 2014
La caída de un ángel.
Fue todo tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar. Estábamos
paradas en frente del ascensor. Ella abrió la puerta y pasó primera. En
cuestión de segundos la perdí. El suelo se partió y ella cayó desde la planta
quinta hasta el subsuelo. Yo tenía miedo, mucho miedo. No sabía qué hacer. Sólo
se me ocurría llamar al teléfono de emergencias para que vinieran a rescatarla.
Llamé y al dar la dirección me colgaron sin saber aún el por qué. Luego me
quedé sin batería. Cogí mi segundo móvil, que afortunadamente llevaba conmigo,
y marqué de nuevo el número 112. Esta vez no me colgaron pero la llamada fue
recibida en Madrid. Yo estaba preocupada porque tuviésemos que esperar a que la
ambulancia viniera de Madrid. Tardó en llegar y mientras llegaba o no los
vecinos seguían llamando el ascensor. Era extraño que al estar roto el suelo
siguiera funcionando y temía que con tanta subida y bajada la aplastaran…Era de
noche y los vecinos no dejaban de salir y entrar. Finalmente llegó la
ambulancia con varios médicos. Me aferré al brazo de uno de ellos y pedí
llorando que se salvara. Yo sabía que sería muy complicado que después de esa
caída tan alta, la insistencia de los vecinos de llamar al ascensor y la espera
interminable de la ambulancia, pudiera seguir con vida. Todo se volvía en su contra. Vi el
rostro del médico que abrió la puerta y con ello se me fueron quitando las
pocas esperanzas que tenía. Finalmente la encontró muerta. Estaba tan pálido su
rostro que no era capaz de mirarla. La envolvieron en una sábana igual de
blanca que su piel. Yo no dejaba de llorar y gritar. El dolor era tan inmenso
que me estaba matando. Sentía que con ella se iba parte de mi vida. No podía
mirarla por más que quisiera. No quería tener esa última imagen de ella. Me
puse las manos en la cara cuando se la llevaban y entre abrí los dedos para ver
lo preciso. Afortunadamente llegaron mis familiares. No sé quién pudo avisarles
pero sentí un alivio al verlos. Pregunté cómo íbamos a llevárnosla si su cuerpo
tenía que enterrarse en su ciudad. Y además, tenía que avisar a sus familiares
pero me sentía incapaz. Sentía que era culpable de su desdicha por haber venido
a verme y haberse montado ella en el
ascensor. Podría haberme subido yo primera o haber bajado juntas por las
escaleras.
Desperté. Era una horrible pesadilla. Tenía los ojos húmedos
pero en cuanto asimilé lo ocurrido comencé a llorar de una forma que no había
llorado nunca por nadie. Tenía ansiedad de sólo imaginarlo. La amaba y no podía pensar que ella hubiese muerto. Esperé
a que fuese más tarde para escribirle un mensaje, pues sólo eran las 5:30 a.m.
A las seis de la mañana no podía esperar más y le escribí un mensaje corto pero
intenso o al menos eso creía. Sólo quería saber si estaba bien pero no recibí
respuesta…
miércoles, 6 de agosto de 2014
Te odio.
Te odio como nunca creí que podía odiar. Te odio como hace
mucho que no odiaba a nadie. Deseo que sufras todo lo que haces sufrir al resto
del mundo. No debiste nacer. Por gente como tú debería existir el aborto libre.
¿No te basta con estar muerta en vida? Que aún así necesitas joder a los que lo
dieron todo por ti. Dime si después de mi hubo alguien más que te quisiera o
que te hiciera feliz. La respuesta es un no rotundo. Tú nunca podrás ser feliz
porque solo disfrutas dañando y viendo el mal ajeno. Y si ves contenta a esa
persona haces todo lo posible por hundirla y verla retorcerse en la mierda como
tú. Vives en la mierda y en ella te vas a podrir. Ni tus padres hacen vida de
ti. Todos te odian, toda tu familia. Nunca has tenido amigos porque has ido
sembrando a tus propios enemigos. Eres tú quien tiene un problema con el mundo.
Llora, porque eso es lo único que sabes hacer cuando se te dice la verdad a la
cara. Te haces la víctima y encima tienes la cara dura de considerarte un ser
de luz. Y para colmo crees en Dios. Si Dios existiera la gente como tú no
nacería. Ni se le pasaría por la cabeza crear a un engendro como tú. Eres un
ser oscuro, lleno de maldad, que habita en las tinieblas. No siento nada por
ti. Eres lo peor de la existencia. No queda ni una pizca de sentimiento hacia
ti. Solo el de repulsión y asco. Me das asco en serio. ¿Cómo puedes levantarte
cada día y mirarte al espejo? ¿No se rompe al ver tanta maldad reflejada? Todo
tu corazón está cargado de rencor e ira. Eres una persona obsesiva. Llevas años
obsesionada con la gente de tu pasado. Asimila que ya no existimos en tu mundo.
Asimila que me perdiste hace 8 años. Déjame en paz. Elimíname de tu mente como
yo hice. No me busques porque nunca me vas a encontrar. Deja de llamarme con
números privados. Deja de dar mi número a personas que ni conozco. Deja de
intentar robar mis contraseñas para leer todo lo que escribo. Déjame vivir. Haz
como que nunca me conociste, como que nunca existí para ti. Eso es lo que yo
hago o intento hacer cada vez que me recuerdas que sigues acechando desde la
oscuridad. Tengo la certeza de que algún día estarás encerrada en un
psiquiátrico pero afortunadamente yo no estaré aquí para presenciarlo. Estaré
viviendo la vida que me robaste durante años.
lunes, 4 de agosto de 2014
Pasa la vida.
Estaba acostumbrada a ver a aquella mujer sentada en el
mismo banco día tras día. El primer día fue como una persona más que ves por
primera vez en tu vida y que queda retenida en tu pupila por unos instantes. El
segundo día ya empiezas a fijarte un poco más y piensas que ayer mismo la
viste. El tercer día ya te empieza a inquietar porque se encuentra siempre en
el mismo lugar. Al cuarto día se convierte en tu rutina del día a día. Al
quinto sabes que va a estar ahí, esperas a encontrártela porque así ha sido los
demás días. Al sexto ya sonríes cuando aciertas que la vas a volver a ver a la
mañana siguiente.
Y así pasaron las
semanas y yo caminaba por el mismo parque y veía a la misma mujer sentada en el
mismo banco. Siempre llevaba una falda blanca. Algunas mañanas las palomas
comían a su alrededor. Otras mañanas se encontraba sola, como si esperara a
alguien. Notaba cierta incertidumbre en su rostro. Creo que se iba a
reencontrar con alguien, ¿una amiga quizás? Era una mujer entrada en años pero
no anciana. Un día hice como que se me había desabrochado el cordón de uno de
mis zapatos y me senté a su lado, en su banco. Al principio tenía miedo de que
me mirara con extrañeza por ser tan osada de sentarme a su lado, justo en el
lado de la persona que ella esperaba a diario y que nunca llegaba. Notó mi
presencia pero no me miró. Siempre miraba al frente, al horizonte, como si no
existieran las demás personas. Entonces me levanté y emprendí mi camino.
En casa no dejaba de pensar en quién podría ser aquella misteriosa
mujer y a quién esperaría en el mismo lugar y a tal puntual hora. Sólo la
lograba ver por las mañanas. Por la tarde paseaba por ese parque pero el banco
estaba repleto de madres con niños. Por la noche el parque estaba cerrado.
Después de un mes observando sus movimientos me percaté de que aunque no me
mirase ella también reconocía mis movimientos, mis idas y venidas matutinas. A
veces creía notar su mirada cuando ya estaba de espaldas. Tuvo que pasar un mes
y medio para armarme de valor y sentarme de nuevo a su lado pero esta vez para
preguntarle a quién esperaba y quién era ella.
Como cada mañana me desperté, me vestí rápidamente y ni
siquiera desayuné. Era ahora o nunca y no podía perder ni un segundo más. Crucé
el parque y allí estaba ella sentada. Me paré en frente de ella y esta vez me
miró. Me dio los buenos días sin esperarlo y me sonrió. Hasta se atrevió a
darme una regañina ya que estaba vez había llegado unos minutos más tarde. Me
excusé diciendo que había tardado el autobús. Le pregunté si podía sentarme a
su lado y asintió con la cabeza. Le confesé mis intrigas y ella no dejaba de
sonreír pero notaba cierta nostalgia en su mirada. Se tomó su tiempo y me
respondió con una frase que marco un antes y un después en mi vida. ‘’Hija mía
no espero a nadie en particular. Desde hace un año me siento en este banco para
ver pasar la vida. Veo pasar a los jóvenes como tú, tan alocados y con tantas
prisas que no se detienen ni un minuto a mirar la estampa que yo contemplo.
Alguna vez tendrás mi edad y reflexionarás estas palabras. Alguna vez podrás
ver pasar la vida y te darás cuenta de lo que te perdiste en su día por no
saber valorar lo maravilloso que es contemplar esta estampa’’. Me quedé atónita
con sus palabras y me disculpé por tener que irme tan pronto pero debía ir a
clases. A la mañana siguiente la mujer ya no estaba. Efectivamente, había visto
pasar la vida y qué fugaz había sido.
sábado, 2 de agosto de 2014
Tras el olvido.
Escucho el ruido de un motor, un coche se aproxima. El corazón cada vez me va más deprisa. El motor va aflojando y noto como para cerca de donde yo estoy en el arcén. Se bajan unas piernas masculinas y algo gruesas. No me atrevo a mirarle. Me pregunta si va todo bien y me invita a subirme al coche. Le digo que no y sigo caminando pero él me sigue y me atrapa poniendo sus manos en mis hombros. Tiene una voz un tanto ronca pero a la vez melosa. Acepto subir al coche y le pido que me lleve a mi casa. Enciende la radio mientras y se fuma un cigarro. Me lo pasa pero le digo que no fumo. Intento controlar el temblor de mis piernas y de mis manos. Me siento incómoda con esa música, su voz y el olor a cigarro. Veo que se pasa el desvío a mi pueblo y con ello empieza mi angustia. Se que nunca más volveré a casa y que nunca más volveré a abrazar y a besar a mi madre. El coche cada vez acelera más y más. Va rápido pero mis latidos aún van más rápido que ese coche. No debí subirme, no debí ir a la discoteca, no debí salir aquella noche. Quiero dar marcha atrás pero no puedo. El coche se detiene en un descampado. No se donde estoy. La oscuridad me impide ver con claridad lo que pasa. Él se baja del coche y me obliga a bajarme. Quisiera ser una de esas lechuzas o pájaros nocturnos que se escuchan pero no quiero ser mujer en este momento porque ahora mismo es esa mi condena...
Al día siguiente la madre se levanta. Ve la cama vacía y un silencio profundo le invade su cuerpo. Va a comisaría y denuncia la desaparición. A partir de ese momento comienzan los interrogatorios a sus amigas, familiares, vecinos. Cualquier dato por pequeño que sea cuenta. Las noticias transcurren velozmente en los telediarios y en la prensa. Pero para su madre no hay consuelo y cada día que pasa es una condena. Sabe que nunca volverá, lo presiente. A veces siente a su hija por las noches pero despierta como si le faltara la respiración. Pasan los días, los meses y los años. Su hija nunca volvió y de la tele y prensa ya desapareció. El olvido es lo que queda de esa triste desaparición.
*Para todas las personas que desaparecen y que no dejan ninguna huella. *
viernes, 1 de agosto de 2014
Mis palabras.
Yo no maquillo mis palabras porque no me gusta el maquillaje. Tampoco busco sinónimos de palabras que se encuentran en un lugar recóndito del diccionario. Soy de frases cortas, tajantes y entendibles. Lo que busco es que el poco público que tengo me entienda y sepa de lo que escribo. Que capten el mensaje que quiero transmitirles. Que cuando lean algo mio sientan que les susurro al oído cada palabra, cada verbo, cada frase y cada párrafo. Que sientan a mis personajes inexistentes, aunque una vez que los imaginas ya les estás proporcionando vida en tu mente. Sentidlo como yo los siento al crearlos, poneros en su piel, reíd cuando ellos ríen pero no lloréis cuando la historia se termine porque todo en esta vida tiene su fin o un punto y aparte como queráis llamarlo. Me niego a maquillar mis palabras y a mis musas del arte. Me niego a pensar que no eres capaz de sentir lo que yo siento cuando escribo.
viernes, 25 de julio de 2014
La torre de Santa Pola.
Cuenta una leyenda medieval que en aquella torre, que se
vislumbra desde lo alto de la colina, era el pequeño torreón que sirvió durante
siglos para combatir contra los infieles y avisar de las incursiones de los
piratas.
-¿Pero abuelo ahí no era donde encerraban a la princesa?
-No querida, este no es un cuento de princesas que buscan
ser rescatadas por su príncipe azul ni de princesas que son encerradas por una
malvada bruja o dragón.
Esta es la historia de una cristiana que se enamoró de una
aldeana mora. La aldeana se hacía llamar Pola. La cristiana no se sabe el
nombre que recibía pero se dice que tenía nombre de santa. Los padres de la
cristiana eran mercaderes. Viajaban de pueblo en pueblo vendiendo sus productos
artesanales y la chiquilla iba con ellos. Un día paseaba cerca de esta torre
cuando vio que detrás de la puerta había una sombra oscura, cuyos ojos enormes
estaban clavados en su mirada. Sorprendida se acerco más y se percató de que la
sombra no era una sombra, era la piel de una aldeana mora. La aldeana sonrió
pícaramente y subió los escalones de la torre. La cristiana, asombrada por esos
ojos brillantes y su piel oscura, la siguió hasta el último peldaño. Ya en lo
alto vio a la aldeana sentada en una de las almenas. Le señaló al cielo, estaba
atardeciendo. El cielo era de un tono amelocotonado y los destellos de los
últimos rayos solares eran de un rojo intenso que contorneaban la figura de la
aldeana. Era la mujer más hermosa que había visto nunca, pensaba la cristiana.
Se acercó a ella, se sentó junto a su lado y casi por sorpresa sus manos se
unieron. Ninguna hablaba, solo contemplaban el atardecer y las formas que dejaba
la caída del sol en el paisaje. La aldeana la mira, la cristiana la observa con
la misma incertidumbre del principio. Se acercan, cada vez más. Un paso más y
puede oler el aroma con sabor a especias que desprende la aldeana. La cristiana
gira su hermosa cara, sus labios entreabiertos hacen que vaya desapareciendo el
sol cada vez más rápido. Y entonces, sólo entonces, a la caída del sol sus
labios se entrecruzan, sin separar las manos. Ambas quedan hechizadas por el calor
de los rayos, de las especias, de las almenas, de la torre. Y así fue como se
forjó la llamada torre de Santa Pola.
sábado, 21 de junio de 2014
Ínspirame.
Inspírame tú que puedes y tienes alas.
Inspírame tú, rosa marchita,
mariposa alada,
amanecer entre olas,
paisaje entre brumas.
Inspírame tú, que eres mujer
y sabes cómo hacer que vuele mi imaginación.
Inspírame tú, princesa de un cuento encantado,
guerrera de las amazonas,
ninfa de los bosques,
ama de la llave que cierra el candado
que lleva a tu corazón.
Ámame.
Ámame de la forma más salvaje que conozcas. Ámame como el
sol a las flores, como la primavera a los cerezos, como la sangre a sus venas,
como las gotas de lluvia a los bosques. Ámame sin prisas pero tampoco sin
pausas. Desátame de esta condena, despójame de las cadenas que impiden que nos
amemos de la manera más salvaje. No tengas miedo de hacer lo que te pido, pues
lo estás deseando. Muérdeme, clávame los colmillos, aprisióname con tu cuerpo,
sujeta mis nudillos y no dejes que la sangre recorra su ciclo. Así, así ámame
de la forma más salvaje que conozcas porque esto son sólo letras. Letras que
buscan que las plasmes en mi piel sudorosa, cargadas de deseos impunes. Deja
que tu aliento traspase mi cuello desnudo. Deja que mi piel no sea piel, que
sea el fuego de un volcán incandescente. Sediento de llamas. Simplemente ámame.
viernes, 20 de junio de 2014
Te quise tanto amor.
Te quise tanto amor. Quienes te conocen no saben que yo te conocí.
Tantas y tantas veces te soñé. Y nunca me arrepentí de ti. No puedo imaginar la
eternidad sin tus besos, sin tus abrazos, ni caricias ni miradas de loba. Quienes
te conocen demasiado bien no saben que
ya te conocí, en un pasado incierto, quizás. En un pasado tan remoto que ni
siquiera nuestros cuerpos existían, solamente nuestras almas. Y estas almas fueron
el fruto de nuestros cuerpos hoy aquí presentes. Te quise tanto amor que volvería
a desandar cada uno de mis pasos por llegar al origen de nuestro primer
encuentro. Ahora que he muerto me doy cuenta de que te quise tanto amor…Pero no
he muerto de dolor. He muerto de frenesí, vaivenes, de sueños, de placer, de
locura, de pasión, de Amor. Cada día que pasa muero de amor, de pedacitos de
ti. Y esto es lo que me hace revivir nuestro primer encuentro, esa llamarada
que nunca se apaga porque no hay combustible que se atreva a romper nuestra
llama. Por eso te digo que te quise tanto amor, que quienes te conocen
demasiado bien no saben que ya te conocí.
jueves, 1 de mayo de 2014
Polvo somos.
Polvo somos y en polvo nos convertiremos. Estas fueron las
últimas palabras que escuché. Y se hizo lo ‘’gris’’ porque gris son las cenizas
y gris estaba el cielo cuando morí. Gris era mi alma y azules eran los astros a
lo lejos. El mundo ya no tenía aquellos colores vivos que había visto desde
tantos años atrás. Mi cuerpo ya no era cuerpo, era una sombra gris, una nube de
cenizas que volaba y volaba. Me habían lanzado desde la proa de un barco, como
yo misma pedí que hicieran. Y ahora que soy polvo gris o cenizas, como quieras
llamarlo, me pregunto: ¿a dónde voy a ir? Estoy dispersa entre la espuma blanca
del mar y los delfines que asoman sus aletas, y entre el cielo estrellado.
Dispersa entre el remoto mar de recuerdos o memoria, como vosotros decís, de
los que un día lo significaron todo para este alma gris. Polvo somos y en polvo nos convertiremos.
Estos fueron mis penúltimos pensamientos porque finalmente se hizo lo gris!
martes, 11 de marzo de 2014
La tormenta de arena.
A los 16 años me marché de casa. No podía esperar a cumplir
la mayoría de edad. La situación y el clima que se respiraba eran bastante
hostiles. Divagué como pude por ciudades carentes de hospitalidad, por pueblos
y remotas aldeas de escaso renombre. En las calles presencié multitud de hechos
y anécdotas que no me atrevería a contar, al menos que desees tomar algo
sentada a mi lado mientras contemplas cómo voy modelando mis trabajos de arena.
No tenía estudios ni ningún tipo de profesión. De pequeña
siempre se me dio bien dibujar, tanto en papeles apergaminados como en la misma
arena de la playa. Algunos turistas quedaban maravillados por mis trazos en la
arena y no me vanaglorio de ello.
Ahora mismo escribo estas líneas observando mi última obra
cumbre. Hay decenas de personas agrupadas haciendo la típica foto de recuerdo y
lanzando algunas monedas. No recibo mucho dinero pero me sirve para subsistir.
Una vez presencié un accidente en una de las carreteras
secundarias que solía tomar con mi bicicleta. Faltaban unos kilómetros para
llegar al lugar de destino cuando un coche pasó por mi lado a una velocidad que
hizo tambalearme con la bici. Casi caigo del arcén. Maldije para mí el
importunio. Un minuto después oí el derrape de unas ruedas, el volantazo del
coche que hacía unos instantes me hizo tambalear y el desastroso choque final
con otro auto que venía en dirección frontal. Aceleré el ritmo para ver si
había heridos graves pero unas fuertes corazonadas me lo afirmaban antes de
llegar. Cuando llegué a la escena, podría decirse del crimen, vi a un hombre,
posiblemente el conductor, tirado en la carretera. Su mujer, estaba junto a él,
apoyada en la destrozada parte delantera del coche. Su cara es difícil de
describir. Estaba sobrecogida por lo acontecido y no daba crédito a lo que sus
ojos tenían delante. Tenía las manos en el pecho, la boca entreabierta, entre
sollozando y gritando a la vez. Nunca antes había visto tanto dolor en la
expresión de una persona y espero no volver a verlo nunca más. La mirada del hombre estaba perdida. No
escuchaba los gritos de su mujer ni mi insistente ayuda. Juro que no sé si
estaba muriendo o si estaba renaciendo. Con la llegada de la ambulancia me
marché. No podía soportar más dolor.
Ahora estoy presenciando de nuevo la escena. Quedé tan
impresionada por el impacto, el dolor, ese medio morir-medio renacer que decidí
plasmarlo en mi próximo trabajo de arena. Miro la expresión de las figuras y
son asquerosamente realistas…Ojalá venga pronto una tormenta de arena y
desdibuje sus rostros. Esos rostros que una vez contemplé y me dejaron horrorizada
ante tanto dolor.
domingo, 9 de marzo de 2014
El último clavo
Sólo yo puedo recordar el griterío de aquel juego de niños
que habitaba en esta casa, allá por 1936. La Guerra, la famosa guerra, trajo
consigo el abandono de la morada que durante tantas décadas habité y sigo
habitando. Me encontraba siempre en el recibidor de la casa. Fui testigo de la
plenitud de una pareja recién casada, de los dos embarazos de la dueña, de la
marcha a la guerra del marido, de las borracheras nocturnas tras su vuelta, de
la dictadura vivida en el pueblo, de las habladurías y cotilleos de las vecinas.
Un día de primavera, doña Elvira trajo un hermoso cuadro según ella, pues yo
sólo podía oír lo que hablaban pero no disponía de ojos con los cuales
observar.
-Pero si es un Murillo!
-No, no, es la copia de un Murillo. Se trata de la Familia sagrada del pajarito. Lo ha
pintado el chico al que se le dan tan bien los pinceles y que vive en la Calle
Mayor. Su padre es el alcaide. ¿A que es precioso?
-Precisamente estaba pensando en comprar algo para decorar
este recibidor que pronto se llenará de visitas cuando des a luz.
Y esas fueron las primeras palabras que escuché. Sentí cómo
una cálida mano me arrancaba de la oscuridad de un bolsillo de pana, lleno de
hilachones y de multitud de llaves. Sentí una presión interna, cómo me iban
clavando lentamente en la pared. Mi dueño, pobre de él que se llevó un
martillazo en el pulgar en el primer intento, finalmente consiguió clavarme en
la pared del recibidor. Me sentía como aquel personaje que todos mencionaban y que
había sufrido tanto tras ser clavado a la cruz. Aunque mis dueños hablaban de
Crucificado y crucifixión. Yo me sentía igual que aquel Cristo pero con menos dolor.
Así pues, fui testigo de todo lo que ocurría en el recibidor y escuchaba de
lejos lo que ocurría en el resto de la casa.
Ahora han pasado ochenta años y sigo aquí, clavado en la
misma pared del recibidor. Ahora sólo escucho el murmullo de las ratas y de las
piedras que lanzan los indeseables a las ventanas de mis dueños, porque aunque
hayan muerto en el olvido para mi seguirán siendo mis dueños. A veces me
pregunto qué habrá sido del chico de los pinceles y de los niños que
corretearon tantos años por el recibidor y que sin ellos saberlos le daban vida
a este pobre clavo ya oxidado. Creo que el cuadro se lo llevaron, pues ya no
siento tanto peso que soportar. Ahora soy un pobre clavo oxidado, que ni siente
ni padece. Anhelo el griterío de los niños y de la vida en este hogar. Anhelo a
doña Elvira, al niño de los pinceles, al tal Murillo que sin conocerlo sé que fue
un genio de la pintura. No sé cuánto tiempo más permaneceré en este lugar. A
veces maldigo la buena mano de mi dueño al clavarme en este recibidor. Ni los
vientos ni las lluvias han conseguido inclinarme, más yo sólo deseo volver a sentir
la vida de este lugar.
sábado, 8 de marzo de 2014
Tu vida conmigo será un misterio continuo.
-¿Quizás sea Dante mi señor?
-No puedo asegurarte nada mi pequeño aprendiz. El calor es tan asfixiante que no me deja meditar bien. ¿Pero qué ven mis ojos? Se alzan manos, quizás de guerreros que una vez perdieron el camino a su humilde hogar.
-Mi señor sus ojos tienen una especie de halo que me guían hacia ellos. Por mucho que quiero seguir sus palabras y evitar el fuego de este espantoso lugar, no soy capaz de dejar de mirarlos. Su mirada es poderosa y me hace sentir miedo, mucho miedo, pero también fortaleza. Sé que si no me uno a su mirada moriremos como aquellos guerreros que aún alzan sus manos en busca de la libertad.
-Mi pequeño aprendiz no caigas en el poder del maligno porque pronto hallarás…
No pude terminar de escuchar la última frase de mi maestro. No quedaban rescoldos del fuego ni del asfixiante calor de hacía unas interminables fracciones de segundos. La última frase que pude escuchar atentamente fue la de los ojos que desprendían el fuego eterno. Y decíase así ‘’tu vida conmigo será un misterio continuo’’. Ahora encajan las últimas palabras de mi maestro. Lo que pretendía decirme era que pronto hallaría el misterio de las cosas, de la vida, del fuego eterno, de sus ojos.
martes, 4 de marzo de 2014
Carta El reencuentro.
Hacía años que no veía a Alejandra. Se había casado y había
tenido dos niños preciosos. Tenía el trabajo que siempre había soñado cuando
estudiaba periodismo en la facultad. Su único error fue no retroceder en el
tiempo y contarle a Alejandra todo lo que sentía por ella desde la
adolescencia. No era un simple cariño de mejores amigas. Era mucho más, era
incluso más de lo que le ofrecía Carlos en sus años mozos y que ahora anhelaba.
Después de haber pasado la etapa de madurez y sin saber de Alejandra desde no
sabía cuando (había perdido la cuenta de los días, meses, años en definitiva),
volvió a mirar sus diarios de cuando estaba en el instituto. Ahí todavía no
existía Carlos. Sólo Alejandra. Recordaba cuando ella le pedía que le desvelara
alguno de los secretos allí escritos y se negaba, cerrándolo con el candado y
colgándose de nuevo la llave al cuello.
Una noche loca, de
esas en las que celebraban fiestas y bebían hasta que el cuerpo no aguantaba
más, Alejandra se acercó al colgante y cogió la llave. La miró y le dijo
‘’algún día voy a leer cada palabra que escribes en ese diario y seré la mujer
más feliz del mundo’’. Se llevó la llave a los labios y la besó, guiñándole a
su vez un ojo. Marina recibió uno de sus vuelcos al corazón. Estuvo a punto de
contarle todos sus secretos y besarla hasta el amanecer pero algo se lo
impedía. Siempre tuvo miedo de romper esa amistad tan perfecta que ambas habían
forjado desde la niñez. Temía que la magia acabase y que todo fuesen tinieblas.
Pero ahora tenía 30 años y estaba decidida a ponerse en
contacto con ella y desvelarle todo el amor que había guardado desde hacía
años. Arrancó una de las páginas sin utilizar del diario y empezó a escribir
una noche, de las muchas en las que no podía dormir. Las palabras surgieron con
tanta naturalidad… Siempre habían estado ahí, rondando en su cabeza, esperando
a que les dejara salir.
Querida Alejandra,
Hace mucho que no sé de ti. No sé si sigues trabajando de periodista o si sigues en el mismo país, si te casaste o tuviste hijos. Te extrañará que aparezca así de repente. Nos prometimos no separarnos por mucho tiempo y hemos roto la promesa así que no puedo hacer menos que buscarte de nuevo. ¿Recuerdas el diario que escribía cuando estábamos en el instituto? Y que tanto me insistías en que querías leer algún fragmento y yo siempre me guardaba la llave. La misma llave que una noche de borrachera besaste…Pues esta noche me puse a releer las historias y he revivido cada una de ellas. Me he sentido joven por unos segundos, como cuando tenía 15 años. Te he sentido de nuevo conmigo. Aunque no estás aquí te puedo sentir. Te parecerá raro que te hable de esta manera pero así es cómo escribía en mi diario. Escribía sentimientos y sensaciones que no podía expresarte con palabras. Siempre tuve miedo a contarte lo que verdaderamente sentía por ti. Siempre fuiste mi mejor amiga, nos bañábamos juntas, dormíamos juntas, jugábamos, nos vimos crecer. Pero ya no tengo miedo. No puedo seguir ocultando que te quiero. Que siempre te he querido, no sólo como mi amiga que eras, sino como si fueses mi otra mitad. Eres la mitad que me hace falta en estos momentos. Cada día que pasa es un tormento. Siento que me falta algo, me faltas tú desde hace años. Me encantaría volver a tener 16 años y haberte dado la llave aquella noche que la besaste y haberte devuelto el beso. Me encantaría haberte sacado a bailar en el baile de fin de curso. Habernos besado durante la graduación mientras tirábamos nuestras bandas. Haberte cogido de la mano cuando tu padre te gritaba por llegar tarde a casa. Al fin y al cabo yo era la que hacía que te quedases un rato más en la despedida, jugando con tu pelo, recuerdas? Ay Alejandra, seguramente todo esto te pille por sorpresa y seguramente no querrás volver a saber más de mí pero bastantes años lo he guardado dentro de mí. Quiero que sepas que te quiero y aunque puede que nunca vuelva a verte, a estar contigo, a llorar o reírme contigo, te quiero. Con toda mi alma, te quiero.
Marina.
P.D: esta carta la escribí para la historia titulada El reencuentro de Myriam Luna.
domingo, 2 de febrero de 2014
La dolce vita.
No deb
í dNo No debí dejar que cogiera el tren. Ese tren que marcaría el trágico destino. Si lo hubiese sabido antes me habría despedido de ella. Le habría recordado lo mucho que la amaba y que por nada en esta vida pensaba separarme de ella. Pero el destino así lo quiso y tenía que coger el tren para hacer un pequeño viaje con sus amigos del instituto. Hacía mucho tiempo que no los veía y estaba entusiasmada con la idea. Yo tenía que trabajar y no podía acudir al viaje. Ya me habría gustado. Pasaron varios días, una semana quizás. Ya no recuerdo. Está todo tan borroso en mi mente. En esos días recibí la noticia, por parte de sus amigos, de que ella había enfermado. Dichosa casualidad, ¿por qué enfermar cuando estás de viaje? Empecé a preocuparme pero viendo que no volvieron a decirme más nada pensé que todo había ido a mejor y que se había recuperado de su malestar.
í dNo No debí dejar que cogiera el tren. Ese tren que marcaría el trágico destino. Si lo hubiese sabido antes me habría despedido de ella. Le habría recordado lo mucho que la amaba y que por nada en esta vida pensaba separarme de ella. Pero el destino así lo quiso y tenía que coger el tren para hacer un pequeño viaje con sus amigos del instituto. Hacía mucho tiempo que no los veía y estaba entusiasmada con la idea. Yo tenía que trabajar y no podía acudir al viaje. Ya me habría gustado. Pasaron varios días, una semana quizás. Ya no recuerdo. Está todo tan borroso en mi mente. En esos días recibí la noticia, por parte de sus amigos, de que ella había enfermado. Dichosa casualidad, ¿por qué enfermar cuando estás de viaje? Empecé a preocuparme pero viendo que no volvieron a decirme más nada pensé que todo había ido a mejor y que se había recuperado de su malestar.
Acudí a la estación acompañada de mi hermana.
Esperábamos a que llegara el tren, yo con ansias, ella tranquila. Estaba
empezando a desesperar. El tren no llegaba o era mi reloj el que no avanzaba.
Los minutos pasaban y mis manos sudaban. Por fin escuché esa familiar voz de
que el tren había llegado y con él, el resto de pasajeros. Vi a uno de sus
amigos bajarse sólo del vagón. Le pregunté que donde estaba ella. Sonrió
amargamente y empezó a decir las cosas más maravillosas que había escuchado de
mi pareja, todo en presente. Quizás para no dañarme aunque yo ya me temía lo peor
y poco a poco un nudo en el estómago se iba apoderando de mí. Estaba
desconcertado. Le pregunté si ella no había preguntado por mí. Entonces él
respondió ‘’sus últimas palabras fueron
dolce vita’’ y cerró los ojos.
Vi como mi
mundo se desmoronaba en cuestión de segundos. Mis ojos se empañaban de
lágrimas. Tenía ganas de gritar y salir huyendo de aquella estación. De aquel
lugar que me la arrebató. Me giré de golpe y entonces, como si de la nada
hubiese aparecido, allí estaba ella. Muy cerca del andén. Tenía la mirada
perdida hacia el techo, como si estuviese mirando el panel de los viajes. Aún
tenía ganas de viajar o quizás en su cerebro aún perduraba la idea de que se
tenía que reencontrar con sus amigos de la adolescencia. Fui corriendo hasta el
andén. La aparté de aquel lugar tan cercano a las vías y me fundí en un gran
abrazo. No dejaba de llorar pero a la vez estaba feliz por estar entre sus
brazos. Miré de reojo a los demás y me di cuenta de que la gente me miraba de
manera extraña y hacían pequeños comentarios. Estaban todos inmóviles
contemplando la escena. Ellos no la podían ver pero yo sí. Pero ¿sabéis que fue
lo más maravilloso de todo? Que la podía sentir.
Me desperté de golpe. Mi rostro cubierto de
lágrimas. Todo había sido una terrible pesadilla. Me giré y la encontré dormida
junto a mí. Nada había sido real. Ahora tenía miedo de que fuese un presagio.
Sin pensarlo me abracé fuerte, muy fuerte a ella. Creo que la desperté pero
seguía con los ojos cerrados y musitando palabras entre sueños. No olvidaré lo
que sentí tan sólo en unos segundos. Ahora sé que la amo más que a mi vida.
martes, 31 de diciembre de 2013
El mundo no se acabó.
El mundo no se acabó porque ni los griegos ni los romanos lo dijeron. Porque los mayas nunca entran en el examen (este año si) y por lo tanto no cuentan para la nota final. El mundo nos e acabó porque de las tres parcas una está de baja, la otra de rebaja y la siguiente de resaca. Y mientras el mundo se acaba o no se acaba Goya aún está pensando en su Duquesa de Alba. En ese proceso, entre lo real y lo sublime, aparece Becquer con su retrato haciéndole la competencia a la Gioconda. Su retrato tiene un ''non se che'', que con esa perilla y esa bigotillo, que Martín al cuadrado quiso imitar pero no le salió bien el escorzo, le dan un aire a lo divino. Y entre tanta aureola, Dalí levanta cabeza y le pregunta a la Gioconda: ¿por qué no llevas un nimbo si se supone que estás embarazada? Y la Gioconda le dice: ¿por qué no te callas? Y en esa disputa aparece Gaudí y dice ''ole colores, viva Triana y la Pastora pero de Cantillana''. Que los Sabios Magos os traigan oro, incienso y mirra. Y si Tito Livio pone prohibiciones lo mandamos a dar una vueltecita en la barca de Caronte.
domingo, 15 de diciembre de 2013
Hace años.
Hace años me sentía vacía. Sentía que lentamente iba
perdiendo las pocas amistades que tenía. Que el amor no era lo que yo creía y
se iba difuminando con cada historia de leyenda vivida.
Hace años era más débil que ahora. Pensaba que si me quedaba
sola todo habría acabado y que no sería capaz de seguir adelante. Y llegó el
momento de estar sola, de enfrentarme a la realidad, de seguir adelante por mi
misma y por eso poco a poco me fui haciendo cada vez más fuerte.
Llegó un punto en el que me daba igual vivir en un mundo
rodeada de gente pero sola al mismo tiempo. Porque prefería estar sola antes
que mal acompañada. Pero llegó otro momento más actual en el que me di cuenta
de que realmente no estaba sola. Estaba con mi presencia, sí, pero que en mi
camino se iban interponiendo otra serie de gentes que frutos del azar o del
destino me iban llenando, apoyando y ayudando poco a poco. Que sin pensarlo se
convirtieron en mi todo y que sin ellas saberlo yo también formaba parte de su
todo.
Doy gracias al azar y al destino de haber estado sola
durante estos años y haberme dado cuenta de que a pesar de ello podía ser yo
misma, con mis defectos y mis virtudes pero Yo. Doy gracias de haberme cruzado
en mi camino a cada una de estas personas porque gracias a las experiencias
vividas soy quien soy. He aprendido en cada una de las batallas presenciadas y
también he disfrutado de los contados momentos felices que se me han planteado.
Y los sueños, sueños son.
Sueños, sueños rotos, sueños por cumplir. Soñamos
despiertos, dormidos. Toda nuestra vida es un sueño y los sueños… sueños son y
realidades serán. Lucha por cumplir tus sueños, tus anhelos, no dejes que nadie
te los arrebate. ¿Qué sería una vida sin sueños, sin esperanzas, sin una vida
paralela? Porque en realidad eso es lo que son los sueños, vidas paralelas,
producto de nuestra imaginación. Son nuestras metas, nuestras alegrías,
nuestros proyectos. Lo que poca gente lleva a cabo y son las más felices del
mundo. Y lo que mucha gente no se atreve a realizar por miedo a dejar de soñar.
No tengas miedo de dejar de soñar porque vivimos en un país de nunca jamás.
Nunca jamás dejaré de soñar. Porque mi vida es un sueño y los sueños…sueños son
y realidades serán.
Navidad.
Navidad, Navidad, falsa Navidad. Que de alegrías reparte
todos los años y de nuevo te vas. Hace años que no me gusta la Navidad y mucho
menos la disfruto como antes. Hace años yo creía en los Reyes Magos y Papa Noel
pero esa ilusión se desvaneció. Hace años mis abuelos vivían y venían a
celebrarlo a mi casa. Todo el salón estaba lleno de juguetes, árbol,
polvorones, turrón, bombones, belén y sólo se escuchaban los villancicos y los
golpes de pandereta que me gustaba dar, además de alguna que otra zambomba por
los aires. Aquellos fueron los años más felices de mi infancia.
Pero ahora la Navidad para mí no tiene sentido. De 6
personas que nos juntábamos esas noches en casa ahora sólo quedamos tres. Y
siento que pronto seremos dos y luego quizás una y me entra la nostalgia. Ya no
me apetece ni arreglarme, estoy más cómoda en pijama un 25 de Diciembre. Y si
te asomas a la calle ves que apenas hay gente. En 22 años que tengo aún no sé
lo que es una fiesta la noche de Año Nuevo y tengo la certeza de que este año tampoco
lo sabré, quizás lo sepa a la vejez. Mi mundo al revés. Me consuelo pensando
que hay gente que está en mi misma situación o en situaciones parecidas. Algún
día me gustaría conocerlas, algún día. Cuando el hombre sea hombre y deje de
comer 12 uvas como fruto de buen augurio para el siguiente año. Cuando el
hombre deje de comprar ropa interior roja y estrenarla por Navidad. Cuando todo
los niños del mundo reciban un juguete en su hogar. Será entonces cuando yo
volveré a disfrutar de la Navidad y volver a tener ese espíritu que hace años
se perdió con mi último villancico.
No quiero que te vayas.
-No quiero que te vayas.
-He de irme, ambas lo sabíamos. Teníamos que estar preparadaa para este momento y el momento ha llegado.
-Pero yo te quiero. Me has hecho la persona más feliz del
mundo en tan sólo unos días. No quiero imaginarme como de feliz sería si pasara
una vida junto a ti. Despertarme a tu lado, llorar entre tus brazos, reír,
gritar, correr, jugar, amar, sentir. Quiero seguir viviendo todas estas
sensaciones. Quiero sentirme viva, saber que a tu lado me siento llena. Y
quiero que sepas que lo que no ha separado la distancia no lo va a separar
nadie.
-No voy a desaparecer, siempre voy a estar ahí.
- ¿Sabes? Tengo la certeza de que no vas a desaparecer.
Nunca tuve miedo a eso. Desde un primer momento tuve la sensación de que esta
vez todo iba a salir bien. Ha pasado un año y parece que cada día fuese como la
primera vez que te conocí. Tengo la misma ilusión y sensación, ese cosquilleo
en el estómago cuando voy a hablar contigo. Esas mariposas que recorren mi
cuerpo cuando te veo.
En la playa.
Estoy sentada junto al paseo marítimo de una playa que
visito desde pequeña. Apenas hay nadie porque es bastante temprano. Siento una
extraña sensación, como si algo o alguien fuesen en mi busca. Soy incapaz de
girarme. El trepitar de las olas y las bandadas de gaviotas me tienen absorta
en mis pensamientos.
Alguien coloca sus manos en mis ojos de repente. Pego un
respingo. Mi corazón cada vez está más agitado. Pregunto ¿quién es, quien hay
ahí, quién me impide ver a las bandadas de gaviotas y las olas a lo lejos? No
recibo respuesta alguna.
Sus manos son suaves y parecen delicadas. Me transmiten paz
y tranquilidad. Empiezo a sentirme más relajada, como si supiera que conozco
esas manos de antes, de mucho antes pero ¿quién podía ser? Empiezo a hacer
memoria. Recuerdos, recuerdos, venid a mí, os necesito. Necesito un recuerdo
que me aclaren con más facilidad estas manos delicadas y suaves.
Ella no podía ser, no podía estar ahí, en esa playa. Estaba
trabajando a cientos de kilómetros de donde me encontraba ahora. Empieza a
tararear una canción. Una melodía de verano, era nuestra canción sin duda.
Sonrío y comienzo a tararearla yo también. Pronuncio su nombre y Eureka! Sus
manos poco a poco me van dejando ver de nuevo el sol, las nubes, las gaviotas,
las olas, la arena. Me giro y era ella quién estaba ahí y yo tan incrédula
pensando que estaba a cientos de kilómetros. Casi se lo reprocho pero me limito
a hacer una carrera hasta la orilla agarrada de su mano, de sus delicadas
manos.
Estoy al soplo de una vela.
Estoy al soplo de una vela de volverte a ver. Han pasado
meses desde la última vez que te vi. No sé cuál es el color de tu pelo ahora ni
la ropa que llevarás puesta. Cuando te vi era invierno. Un invierno frío,
oscuro. Era de noche. Las luces de los coches iluminaban mi pálido rostro.
Apenas había transeúntes por la estación. Y Dios, mis piernas temblaban. No era
capaz de controlar mi propio cuerpo. Nunca antes me había sentido tan nerviosa
al conocer a alguien que sabía que iba a cambiar mi vida. Quizás por eso me
sentía así.
Me senté en un banco y miré el panel. Aún tenía que esperar
algo más de media hora para verte. No sabía qué hacer, si quedarme de pie o
sentada, si llamar o escribir mensajes. Volví a ponerme en pie y a sentarme en
otro banco. La gente que me contemplara pensaría que estaba hiperactiva pero
así es como me sentía.
Y estoy de nuevo en la misma estación, con la misma
sensación. He vuelto a llegar más de media hora antes. La diferencia está en
que hay más luz y hay mayor número de transeúntes. Me asomo a las vías, veo tu
tren llegar. Eres de las primeras en bajar, como siempre tú tan impaciente. Una
amplia sonrisa se me dibuja nada más verte. Las dos corremos para nuestro
encuentro. Hueles a rosas, a caramelo. Hacía tanto que no respiraba tu
fragancia. Nos fundimos en un tímido beso que hace que se pare el tiempo. Estoy
al soplo de una vela de detener el tiempo con un tímido beso.
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